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jueves, 4 de octubre de 2012

A fuego lento: Guiso a la Cristina



Caceroleros vs Gobierno: una pelea entre los que quiren y viven a costas de los explotados y humildes.


 

Por Ezequiel Alvarez 

Una señora entrada en años, gesticula y deja entrever la habilidad del cirujano plástico. Otra se pasea con un cartel pidiendo “libertad”. Un joven de unos treinta años muestra una pancarta “brillante y esclarecedora” que afirma que “esto no es Cuba”. Miles y miles  de estos personajes particulares sazonaron un variopinto show en las calles porteñas, al ritmo de unas cacerolas vaciadas para la ocasión. La política argentina –siguiendo un rumbo lógico y predecible-  se está adentrando en un capítulo que no tendrá vuelta atrás: la ruptura con vastos sectores de las clases media y media alta que fueron beneficiados por la seguidilla de milagros bíblicos de la era K.  Y eso sucede en el marco de la disputa de fondo,  y que realmente preocupa seriamente,  al gobierno bonapartista de Cristina que es su sucesión o re-reelección de cara a los próximos comicios presidenciales, mientras el país se hunde en una pantanosa e irreversible crisis.

¿TODAS LAS CACEROLAS SON IGUALES?

"La Argentina no tiene, como en el resto del mundo, un partido de derecha fuerte que canalice ciertos reclamos, entonces antes se recurría a los cuarteles y hoy a los grandes medios de comunicación",   afirmó el jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina. Algo de razón tiene esa frase. Es innegable que la marcha de los “indignados de Santa Fe y Las Heras”- que se replicó en las principales ciudades del país- fue fogoneada por sectores vinculados tanto a la derecha tradicional como al peronismo federal. También fue evidente la feroz cobertura que le destinó el grupo Clarín. Todos ellos son sectores que intentan acaparar capital político dentro de la descomposición de la franja social en conflicto. Cada uno intenta sacar tajada de la situación. La oposición de turno, ve una ventana de disputa para las próximas elecciones legislativas. Noble-Magneto y compañía, intentan dar un golpe y acaparar poder contra el gobierno antes del 7 de diciembre, día en el que vence la cautelar por la Ley de Medios. Todo eso es cierto,  pero reducir el análisis de este fenómeno a que los únicos instigadores maquiavélicos son estos sectores, sería digno de una persona con el “coeficiente Barone” y nos catapultaría directamente al panel de 6-7-8. La lectura de la protesta tiene que ser fina -no en sintonía- y contextualizada con el mundo que vivimos y no con el que relatan por cadena nacional o mediante el carisma de Nelson Castro. Lo que está detrás de los reclamos es un factor mucho más visceral y presto a estallar: es la descomposición del aparato económico capitalista que está produciendo la irrupción de la crisis internacional y la conflictividad tanto en las calles como en las esferas de poder.

La marcha se había convocado varios días antes vía Facebook y mails. Ya todos –opositores, oficialistas, medios de comunicación, etc.- sabían lo que iba a suceder, pero ninguno imaginó la repercusión y la magnitud que finalmente terminaron expresándose en miles de personas enardecidas contra un gobierno que antes era un socio silencioso y ahora les resulta más molesto que  sus empleadas domésticas pidiendo aumentos de sueldos. ¿Cuándo fue la última vez que la clase media y media alta salieron a las calles a protestar? Muchos se apresuran interesadamente a comparar estas manifestaciones con las ocurridas en el 2001. Esa comparación está lejos de ser cierta. Lo que si ya es una realidad, es la inestabilidad que va a ir tomando fuerza al calor de la crisis. ¿Qué tienen que ver el “que se vayan todos” con el “que se vayan los K”? El 19 y 20 de diciembre de 2001, los sectores medios salieron a enfrentar el Estado de Sitio del gobierno de De La Rua, en un contexto donde la crisis hundía a los más pobres e incautaba los ahorros de todos los argentinos bancarizados, incluyendo a millones de trabajadores obligados a cobrar sus sueldos en cajeros. Esas movilizaciones denunciaban a toda la clase dirigente y a sus instituciones como cómplices y artífices de la debacle social. Incluso, durante ese periodo de movilizaciones, no fueron pocas en las cuales la consigna era “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Está claro que amplios sectores de la clase media comenzaron a transitar un proceso de ruptura con el gobierno de Cristina Fernández, pero las consignas no son contra la clase dirigente en su totalidad y menos contra el capitalismo. En esta oportunidad el malestar creciente se expresó en los reclamos por seguridad, a favor de la liberación del dólar y contra la presión impositiva. Son, al final de cuentas, efectos de la reducción del margen de acción que estallan “para preservar lo conquistado”, según afirmó el Viceministro de Economía Axel Kicillof. El cinturón de la economía argentina no solo aprieta a las clases más humildes con despidos y una inflación anual del 20 por ciento, sino que ahora está empezando a tocar intereses de la clase media. Y eso, para los sectores acomodados, es peor que una traición. Párrafo aparte merece el rechazo a la reforma constitucional, que fue uno de los pocos gritos que se hizo unísono en la marcha. Sin la re-re no hay Cristina, y sin Cristina ¿Hay proyecto “nacional y popular”? En estos últimos meses, diferentes patas políticas y referentes del gobierno nacional han intentando instaurar  un debate sobre la reforma de la Constitución para lograr su cometido. Como buen gobierno personalista, no existe dentro del cristinismo un candidato potable capaz de ser presidenciable, salvo ella misma. El que era el delfín, Amado Boudou, pasó a ser más impresentable que una vieja del agua luego del escándalo Ciccone. Con esta cruzada, hasta el momento, lo único que lograron es el repudio de amplios sectores de la sociedad y poner en las manos de la oposición burguesa una herramienta de construcción impensada. A una oposición perdida, fragmentada -y que ha sido incapaz de liderar o contener cualquiera de los reclamos de la movilización- el propio gobierno le dio un elemento unificador y donde pueden hacer ancla. Es incuestionable que un gran porcentaje de los manifestantes se siente representados en Macri, De Narváez, Binner, y hasta en Scioli, pero muchos de estos referentes burgueses no cuentan por si solos con la capacidad de capitalizar rotundamente este nuevo suceso social. La campaña contra la “dictadura k” y su perpetración en el poder será la punta de lanza frente a las próximas campañas legislativas. Jugarán aún más fuerte de lo que lo vienen haciendo. Y a modo de ejemplo de la “militancia”, el Frente Amplio Progresista ya se propuso juntar un millón de firmas en contra de la re-reelección y puso un stand en Florida y Diagonal Norte... Salvando estas payasadas, hay una realidad que no debe ser menospreciada: muchos sectores verdaderamente populares ven con simpatía cualquier protesta contra el régimen y no cuentan con ningún tipo de alternativa o referencia por izquierda. Como sucedió con el “fenómeno Blumberg”, estas movilizaciones pueden ser  capitalizadas por la derecha si el pueblo trabajador no asume su papel  en la lucha contra el ajuste.

UNIDOS Y ORGANIZADOS...

Pese a que varios funcionarios del gobierno nacional se han mostrado despreocupados sobre la manifestación del jueves 13, en el fondo la realidad es otra. A la marcha no fueron la izquierda –salvo Izquierda Socialista- ni los piqueteros, ni sindicatos,   ni organizaciones sociales que siempre están dispuestos a tomar la calle y hacer oír sus reclamos. Fue una clase que históricamente está regida por el individualismo y un profundo desprecio hacia el accionar militante –cortar una calle, manifestarse, etc-. Salvo, claro está, que todo prejuicio se deja de lado  cuando sus intereses están en juego. Que este sector haya salido y copado la Plaza de Mayo es una señal de alerta que ha empezado a generar grietas dentro del poder hegemónico del gobierno nacional. La lucha ya no es mediante el televisor, la radio o los diarios. Se salta a otro plano donde poner el cuerpo es fundamental. La derecha lo sabe, y es algo que aprendió gracias al fastuoso campo de aprendizaje al cual el kirchnerismo ha lanzado la disputa: el gobierno ya ha pagado un alto costo político cuando la Sociedad Rural y los sectores agrarios juntaron más de 250 mil personas en un acto contra la 125. Instalado en conflicto con el campo, el gobierno kirchnerista sufrió un duro revés en manos de Francisco De Narvaez. Hoy, a un año de las próximas elecciones legislativas el clima parece estar repitiéndose,  con el agravante de que en los próximos comicios se define la suerte del kirchnerismo: si no logran una mayoría en las dos cámaras, adiós a la reforma constitucional. 

Este desmoronamiento – para muchos “incipiente”, pero profundizándose  vertiginosamente en los últimos tiempos – de los sectores sociales que apoyaron la gestión kirchnerista o la toleraron, es un hecho que está a la vista de todos. Meses atrás, la ruptura con la CGT moyanista fue el indicador de que parte del movimiento obrero comenzaba a apartarse del gobierno Nac & Pop. Los constantes enfrentamientos con Peralta, Scioli y De La Sota están marcando un alejamiento de las filas del peronismo histórico, aunque hoy en día continúen formalmente dentro del gobierno oficialista. Mientras la caja fiscal del Estado estaba rebosante de divisas, todos eran amigos. Ahora las ratas se pelean entre sí para ver quién sale primero a la cubierta de un barco que se hunde en medio de la decadencia de la crisis mundial capitalista. El gobierno no parece estar dispuesto a ceder su principal objetivo político, que es la reforma constitucional. El problema es que carece de margen económico para seguir comprando sindicalistas, “chetos” y gobernantes. La saqueada cajita feliz de la   ANSES, es pan para hoy y hambre para mañana. Es insuficiente para reactivar la economía y generar un clima de optimismo capaz de calmar las aguas de cara a las elecciones legislativas. Mientras ésta revista está en las rotativas, la presidenta se encuentra en una reunión de negocios con el CEO de la petrolera Exxon Mobile Corp, una de las  principales compañías junto con Chevron y la china Sinopec, que con sus miles de millones de dólares van a “profundizar la soberanía” de la flamante nacionalizada YPF.  Este nuevo saqueo de los recursos naturales – el yacimiento de Vaca Muerta- es una de las grandes apuestas del gobierno de Cristina Fernández para inyectar dinero en una economía estancada por segundo trimestre consecutivo. Pero, como van las cosas, más que apuesta es una quimera.

La respuesta oficial a tanta desventura es poco clara. Frente a las manifestaciones – ya se prevé una próxima para el 8 de noviembre- el gobierno tiene tres opciones de acción: minimizar los reclamos, conceder frente a ellos o confrontar abiertamente con estos sectores en todos los espacios posibles. Por el momento, la primera fue  la señalada a seguir desde la mesa chica de Olivos. Bastaba con prender la tele o la radio los días posteriores al 13S –como lo denominan los “caceroleros”- para ver una horda de funcionarios públicos nacionales poniendo paños fríos y resaltando el hecho de que se respetó a los manifestantes. "Tienen todo el derecho del mundo a expresarse de la manera que les parezca y elegir el temario que les parezca. No me merece ningún otro análisis" se despachó muy suelto el actual senador K Aníbal Fernández, aunque aclaró no saber "cuáles son los planteos que están haciendo". Conceder ante alguno de los reclamos sería una tremenda derrota que dejaría al régimen mucho más débil de lo que se encuentra. Implicaría entregar alguna cabeza, llámese Etchegaray o Moreno o  de alguno de los ladrones que roban para la corona. En cambio, el oficialismo baraja la posibilidad de realizar una contra-marcha el 27 de octubre próximo, cuando se cumpliría el segundo aniversario de la muerte de Néstor Kirchner. La mayoría de la camarilla K es consciente de que esa medida elevaría los niveles de confrontación, concatenando reacciones mucho más virulentas. Para eso es necesario tener agrupada a la tropa propia y la comprada. Y todo cierra. Aquellos tibios progresistas y nacionalistas de izquierda hoy han hecho suya la agenda cristinista y hasta llaman por lo bajo a defender las instituciones frente a un “posible golpe”.

LA ¿ULTIMA? CENA.

La inestabilidad y el enfrentamiento político serán la característica central de la vida pública y social del país durante los próximos meses. La burguesía nacional   fragmentada ha comenzado un período de disputa por la salida política en el marco de la crisis económica. Ninguna de estas fracciones tiene intereses comunes con el  pueblo trabajador y hambreado. Cuando el humilde se organiza y embiste por lo que le pertenece,  la burguesía -en todas sus fracciones- activa sus métodos de control: adormecerlo mediante concesiones o reprimirlo con mano dura. El aparataje estatal sé esta aceitando para controlar cualquier tipo de desorden social. La persecución contra activistas y delegados gremiales independientes, el espionaje del Proyecto X, la represión a los pueblos originarios como los Qom, el “gatillo fácil” - que escapa a todas las jurisdicciones- y la constante criminalización de las protestas de los pobres son realidades que solo no ven los ojos de los necios y aduladores del régimen. Es necesario que la clase trabajadora, los sectores estudiantiles, los humildes y los más postergados irrumpan en este escenario. Resulta fundamental una carga social más plebeya y menos “progre” para que los tonos de los reclamos indefectiblemente no se vuelvan más reaccionarios y conservadores, haciéndole el caldo gordo a los sectores concentrados de la sociedad. El mundo entero está viendo como el capitalismo esta quitándose la piel de cordero y muestra  dientes y garras. Es un régimen de explotación que no tiene otra salida que morir o morir matando. Por suerte, en Argentina, cada vez son más los sectores populares que nuevamente comienza a descreer de la clase política, el parlamentarismo y el legalismo y toman conciencia que el poder yace en ellos mismos. También se han dado cuenta que la “profundización del modelo” se transformó en reventar espaldas de los trabajadores y que no hay  Estado de bienestar que dure eternamente.

El camino que tiene por delante el gobierno parece estar deparándole escenarios de confrontación similares y peores a los vividos hasta el momento. La oposición burguesa - aquella que se ha quedado fuera de las cajas públicas y de los grandes negociados- y los sectores populares - los cuales son moneda de cambio en este arbitraje capitalista- van a ser víctimas de enfrentamientos de baja o alta intensidad, según la coyuntura lo amerite. Siempre habrá un Berni para reprimir los cortes y piquetes de los pobres, mientras las manifestaciones de clase media - media alta son amparadas, hasta el momento, bajo el paraguas de los derechos constitucionales. No es descabellado caracterizar a la camarilla burguesa enquistada en el gobierno nacional como una banda en retirada y rumbo al reciclaje. Sólo que no lo harán de buena voluntad ni con educados modales. Ellos también defenderán lo que consideran propio -el manejo discrecional del aparato estatal y sus recursos-  con uñas y dientes. Al fin de cuentas, los que están invitados a la bacanal estatal o la miran deseosos desde la ventana, solo aspiran enriquecerse siendo la homeostasis de un sistema decrépito, tan decrépito y desgastado como la moral de sus militantes, escribas y sirvientes.


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EL MOTIN PRETORIANO 
por R.B

El ajuste de gastos sociales y salarios públicos en que está empeñado el gobierno de CFK acaba de provocar un previsible estallido de reclamos y bronca. Era de esperar que, en una economía golpeada por la falta de empleo, los magros salarios y el acoso de la inflación contra los pobres, los recortes salariales iban a generar duros conflictos sociales. Pero lo que no era imaginable es que la vanguardia del reclamo estuviese a cargo de la Guardia Pretoriana del régimen.  Gendarmes y Prefectos, más de sesenta mil privilegiados guardianes del orden social, con salarios que cuadriplican los que cobra un honesto trabajador argentino, se auto acuartelaron y tomaron los Comandos de sus fuerzas cuando descubrieron que el ajuste iba, también para ellos y que sus sueldos se reducían a poco menos que la mitad de lo percibido en septiembre. Justo ellos, protegidos y mimados por el kirchnerismo, fuerzas de ocupación en nuestras villas y barriadas pobres, matones incondicionales del régimen, golpeadores de luchadores y sindicalistas, espías por cuenta y orden,   serían los que darían el primer golpe sobre la mesa del ajuste económico.  Las cifras en juego ascienden a muchos millones de pesos, demasiados. Es que todos los miembros de las fuerzas de seguridad nacionales cobran la mayor parte de su sueldo en negro. Mientras su salario en blanco no supera los dos mil pesos, los adicionales con los que el gobierno los premió durante años, representan sumas que harían empalidecer de vergüenza a cualquier demócrata.

Así, el motín de los Pretorianos ha puesto al descubierto una vasta trama de privilegios para los represores que llegan a percibir hasta diez veces su sueldo en concepto de "premios" varios. O sea, el "gobierno de los Derechos Humanos", destinaba miles de millones de pesos para recompensar la eficiencia represiva y el salvajismo  de éstos enemigos del pueblo. Claro, ahora, ante la caída de los ingresos públicos y el apriete de cinturones, no se le ocurrió mejor idea que  quitarles esos favores ilegales y vergonzosos a los mismos verdugos que ellos alimentaron. Y recibieron la peor respuesta: los verdugos privilegiados e impunes  muerden la mano que les dio, precisamente impunidad y prebendas... Y no se andan con chiquitas: cortan calles, hacen ostentación de armas, ocupan edificios, amenazan a funcionarios y emplazan al gobierno con verdaderos ultimatums. Un verdadero desastre para la pretendida autoridad del gobierno y para sus planes represivos.  Pero, esta vez,  el patetismo y la improvisación de la camarilla de arribistas burgueses que nos gobierna ha generado un hecho político que, incluso, pone en riesgo las libertades democráticas que tanto esfuerzo y sangre le costaron a nuestro pueblo. Es que el saldo más importante de este motín -más allá del acuerdo económico al que lleguen- es la instalación de una fuerza cuasi militar como fortalecido bando político, claramente enfrentado no sólo al gobierno miserable sino, en primer lugar, al propio pueblo trabajador.  La única solución democrática y de raíz de éste conflicto es, precisamente, la que el gobierno no va a adoptar: movilizar al pueblo y disolver la Guardia Pretoriana.  En consecuencia, en vísperas de tiempos más conflictivos todavía, la camarilla gobernante se asume como rehén de sus propios guardianes.

lunes, 19 de diciembre de 2011

A diez años del 2001: La gesta de una nueva traición


 La clase trabajadora continúa pagando los platos rotos del capitalismo. Las medidas económicas progresistas del kirchenrismo no fueron tomadas por ideología de los gobernantes, sino porque el sistema necesitaba mostrar su mejor sonrisa, para ocultar su rostro de horror y hambre. Subsidios, planes universales y desactivación de la militancia son algunos de los mecanismos de control que la burguesía comenzó a vislumbrar desde el momento que De La Rua renunció

 Por Ezequiel Alvarez


AQUELLOS DIAS DE DICIEMBRE

Las detonaciones de escopetas retumbaban en la “City porteña”. El Estado se caía. Mientras, en el aire, un helicóptero apresurado huía rumbo a la historia. La Avenida de Mayo - adornada con una alfombra de cascotes- fue la vena por donde se desangró la Argentina “neoliberal”. Pero esta sangría fue un proceso -lento y silencioso iniciado en los 70 que llegó a su punto culmine cuando la clase media se vio enjaulada y privada de lo más precioso que posee: sus ahorros. Las imágenes se repetían en todos los rincones del país: cientos de miles de cacerolas llenas de bronca retumbaban junto a millones de estómagos vacíos. El establishment y la clase política, comandada por Fernando De La Rua, no tenían una respuesta inmediata para arreglar los problemas causados por su avaricia capitalista. No había solución que no implicara un nuevo engaño al pueblo argentino y a su clase trabajadora. Las calles se transformaron en barricadas, el helicóptero se encendió y la traición comenzó a tomar forma.

Para entender el por que del estallido económico y social del 19 y 20 de Diciembre es necesario partir de una base: la crisis del 2001 fue una crisis capitalista en Argentina, caracterizado por la destrucción industrial, la hegemonía de la burguesía financiera y la extranjerizacion de la economía. Fue de carácter capitalista –y no neoliberal como muchos sectores del forismo intentan imponer para acotar la onda expansiva y dejar reductos para el reformismo- que eclosiono atacando a uno de sus principales “productos y aliados”: la clase media. Aquella que durante los 90 paseaba en Miami, tierras gringas donde no llegaban los gritos de agonía de la clase trabajadora y el proletariado en harapos. En el periodo del menemato, las políticas económicas de Martínez de Hoz dieron un salto cualitativo y cuantitativo. Miles de grandes fábricas cerraron, la extranjerización económica y cultural fue avasallante. Pese a los constantes reveces, los sectores más excluidos resistieron en cada piquete o manifestación incluso hasta dar la vida, como con los asesinatos de Teresa Rodríguez o Anibal Verón. Estas políticas económicas fueron promovidas especialmente por Domingo Cavallo -ex Ministro de Economía del menemato y de la Alianza que transformó el Palacio de Hacienda en un apéndice del FMI- y pusieron al país al borde del precipicio. La gran vedette menemista fue la privatización: fueron vendidas a capitales extranjeros la empresa estatal de telefonía y comunicaciones, Aerolíneas Argentina, YPF y sus derivados, los ferrocarriles, la industria del hierro y el acero, las compañías de gas y agua, cientos de inmuebles estatales y se dieron en concesión cerca de 10.000 kilómetros de autopistas, varias represas hidroeléctricas, etc . El saldo -más que negativo- fueron millones de despedidos o “retirados voluntariamente”, unos magros 27.000 millones de dólares en las arcas estatales y un país de rodillas. Para fines de 1999, luego de diez años de intensivo saqueo y convertibilidad, Argentina le debía a la banca internacional más de 145.300 millones de dólares, veinte veces la deuda externa antes de la última dictadura militar. Haciendo un paralelismo con la medicina, el paciente era terminal y su metástasis voraz. Convengamos que siempre estuvo enfermo y cargo con el cáncer del capitalismo, pero la Dictadura Militar empeoró el cuadro, Menem lo llevó a terapia intensiva y De La Rua no sabia ni para que servia la penicilina.

PUEBLO QUE LUCHA, PUEBLO QUE APRENDE…

Hacia fines de 2001, con la Alianza en el poder y Chacho Álvarez en su casa, la situación de hambre en la clase trabajadora pudría el efímero entramado social. Según los datos que arrojaba el INDEC, en la Capital y Gran Buenos Aires había más de 3,5 millones de personas bajo la línea de pobreza y, a nivel nacional, la suma ascendía al 40 por ciento de la población, es decir más de 15 millones de habitantes. La desocupación era un flagelo tangible, afectaba a más de un cuarto de la población y seis de cada diez trabajadores ganaban menos de 500 pesos mensuales. Mientras -silenciosamente- la economía argentina y el sistema financiero era socabados por el mismo capitalismo. Gracias a la “remisión de utilidades” –sacar el dinero del país hacia las metrópolis capitalistas- por parte de las grandes empresas, los depósitos bancarios bajaron de 87.000 millones de dólares a principios de del 2001 a 19.400 millones hacia fines de abril de 2002. Para ese entonces, el gobierno de De La Rua ya había demostrado que sus respuestas eran el ajuste, la flexibilización laboral y el recorte de salario para la clase trabajadora. El 2 de diciembre, Cavallo les da al pueblo argentino su último “regalo” antes de Navidad: el corralito. “Hemos tenido que adoptar una medida transitoria de limitación a la extracción de dinero en efectivo”, comunicó el ex ministro. Es decir, restricción para poder retirar el dinero depositado en entidades bancarias en plazo fijo, caja de ahorro y cuentas corrientes. ¿Qué se ocultaba detrás del corralito que transformó en “bolcheviques” a cientos de miles que otrora disfrutaban de la pizza con champagne? Para todos los economistas del establishment, esta medida era necesaria para evitar una corrida bancaria. La realidad fue que la crisis tenía que ser frenada y no castigar de modo ejemplar a las principales empresas que saquearon el país durante décadas. Encontraron una solución, la misma de siempre: que la crisis la pague el pueblo. Al final de cuentas, Argentina era un experimento de las recetas económicas del FMI, la debacle debía ser controlada y sin atacar a los intereses de la burguesía financiera.

La respuesta de la clase oprimida fueron los saqueos para cubrir necesidades básicas y un constante estado de movilización de toda la sociedad. Codo a codo, el pueblo salio a las calles y puso contra las cuerdas a una clase dirigente. El saldo no fue gratuito, 39 compañeros y  compañeras de todas las edades fueron asesinados en manos de los agentes de la represión estatal. Miles fueron encarcelados y heridos, pero lo que no se hirió fue el espíritu combativo de una nueva generación que absorbió el calor del 19 y 20 de diciembre del 2001. De La Rua fue un fusible del sistema capitalista en Argentina y su renuncia en manos del pueblo produjo un aparente vacío político institucional. Pero con el correr de los días el “que se vayan todos” comenzó a atenuarse al ver que los “mismos” de siempre iban tomando nuevas posiciones en el tablero.

Un caos institucional asaltó los  reductos legislativos. Los presidentes se sucedían entre si sin poder lograr un consenso capaz de darles la fuerza para timonear el país y reencausar el curso que pretendían. Ramón Puertas, Adolfo Rodríguez Saa – con  su “memorable” default- y Eduardo Camaño desfilaron por el sillón de Rivadavia, mientras se pergeñaba una salida “más democrática” para la crisis. El 1 de enero de 2002, Eduardo Duhalde –mafioso del conurbano y gobernador de la Provincia de Buenos Aires durante la presidencia de Menem- resultó electo a dedo por la Asamblea Legislativa. El mensaje era claro: se venía la mano dura para aplacar el nuevo movimiento social que cuestionaba la a democracia  representativa argentina.

Y SE ORGANIZA

Mientras, las asambleas barriales eran espacios de real intervención popular y de legitimidad absoluta. En ellas, miles de compañeros dieron sus primeros  pasos en la política, e incluso algunas –pero muy pocasse mantienen en pie, como la Asamblea del Pueblo. Si bien las asambleas fue un fenómeno mucho más ligado a los sectores de clase media o barriadas pobres de la Capital Federal, en el conurbano y el resto del país la lucha se expresó de una manera mucho más acentuada, generando diferentes bloques piqueteros que trataron de resolver una necesidad igual de importante que la falta de comida: la falta de voz para enfrentar al sistema. Las manifestaciones sucedían, ya no eran solamente los cientos que cortaban la ruta en Cutral-Co en los 90, ahora eran un mar de ancianos, jóvenes, niños, madres y desocupados que copaban las arterias de la Capital Federal y del Conurbano.

Era el “nuevo malón” y Duhalde no iba a dejar pasar la oportunidad de intentar contenerlo con la única solución que conocía, desde sus tiempos de amigo de la Triple A: reprimir, asesinar. La tropa estaba lista y la decisión tomada: así sucedieron los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la masacre de Avellaneda. El capitalismo no conoce otra manera de parar las crisis que reprimiendo a quienes lo señalan como causante de todo los males. Pero la respuesta popular fue contundente, maciza, multitudinaria, inesperada por el gobierno asesino. El plan había fallado, era necesario retroceder; es que hay momentos en los que las balas no alcanzan para apaciguar una sociedad insurreccionada: se impone, entonces, el tiempo del engaño. ¿Qué mejor engaño que volver a resucitar la urna burguesa, llena de promesas y mentiras? ¿Qué mejor mascarada que ejecutar políticamente a uno de los causantes de la crisis –Menem- y preparar unas elecciones en las que un “desconocido” gobernador, presuntamente progresista, sea el verdugo del riojano? El establishment llamó a elecciones anticipadas para descomprimir el caos social y Duhalde apoyó la candidatura de Néstor Kirchner, otro de los “mismos” que se había fotografiado junto al genocida Videla y al vende patria Menem, al que no vaciló en calificar como el “mejor presidente de la historia!”

LA RESTAURACION CAPITALISTA Y EL PODER
DE ROSTRO AMABLE

El día que asume Néstor Kirchner, el proceso del 2001 comienza a cerrarse. Las heridas capitalistas van cicatrizándose gracias a la conciliación inconsciente entre un pueblo oprimido y su opresor. El Estado, que antes había sumergido en la malaria a la clase trabajadora, comenzaba a embellecer su discurso. Su posición progresista y su reivindicación al Peronismo más combativo no eran otra cosa que una pantalla de humo para que el pueblo perdiera sus consignas de lucha y claudicara frente al poder “omnipotente” de la gran democracia burguesa. Los mismos de siempre seguían siéndolo. La clase gobernante volvió a su lugar espurio, expropiándole al pueblo movilizado la posibilidad de ser dueño de su destino.

Las causas de por que la clase trabajadora no logró tomar el poder son varias, entre ellas las consecuencias del apoliticismo de los 90, secuela de la gran derrota de los años 70, el aparato cooptador de los partidos tradicionales y del régimen y la falta de capacidad de respuesta frente a los constantes intentos de sabotaje al movimiento popular. Lo cierto, es que siempre existe un Kerensky capaz de cortar de raíz cualquier balbuceo de revolución. La historia deberá decir que Kirchner salvó al capitalismo en Argentina. Deberá decir que en su momento más crítico, de mayor división y debilidad burguesa, al capitalismo le  fue mucho más útil y económico el voraz clan patagónico -pese a todas sus irreverencias y desplantes, con su reivindicación de épocas malditas para la burguesía, con su populismo, sus piqueteros amigos y su discurso setentista- que la dureza y la mano de hierro de los profetas del orden. Pero, también deberá decir la historia que la restauración del orden capitalista en la Argentina después del 2001 no hubiese sido posible sin la traición, la entrega y el servilismo de Hebe de Bonafini, de Estela de Carlotto, de la mayor parte de los organismos de DD.H.H; que tampoco le hubiese resultado fácil si las grandes organizaciones piqueteras no hubiesen transado con el régimen, como lo hicieron Luis D Elia y su FTV; el PCR y su CCC; Tumini y Ceballos con Barrios de Pie y Libres del Sur y muchos MTD y otras organizaciones menores. Que les hubiese sido mucho más difícil engañar  al pueblo si los centristas y reformistas de todo pelaje, desde muchos de los ex guerrilleros hasta el Partido Comunista no se hubiesen integrado al oficialismo. Los procesos revolucionarios siempre tienen la virtud de poner las cosas blanco sobre negro, dejando en el cajón de los recuerdos a la mentira, el buen discurso y el engaño político. Esta década de luchas permitió que el pueblo viera en qué canasta ponían los huevos todos estos izquierdistas de papel, los mismos que, ahora, acompañan al oficialismo en su viaje final, el que lo despojará de la máscara amable para asumir el rostro implacable del ajuste, del hambre, del tope salarial, de la inflación como robo cotidiano, y de la represión como único argumento de cierre.

La historia dirá que en esta década el Kirchnerismo le sacó las papas del fuego al régimen capitalista, que lo hizo en buena medida en provecho propio pero lo hizo. Quizás también diga que el fin de la década fue, también el fin de su proyecto. Fue útil para un incendio, no sirve para dos. Hoy, los pueblos del mundo se levantan contra sus gobernantes en todos los confines de la tierra. No hay lugar  del mapa donde no haya una protesta social en curso, una revuelta en ciernes, una rebelión en gateras. Y los pueblos se levantan contra sus gobernantes que gobiernan en nombre de los intereses sagrados del capital financiero. Pero también se levantan contra el capitalismo y la opresión, contra la miseria y la entrega. Argentina, el país profundo donde aún quedan rescoldos del 20 de  diciembre, queda cerca, muy cerca de ese mundo en revuelta y el pueblo que lo habita aprendió mucho en estos diez años. Pronto lo demostrará.


La nota fue publicada en la Revista La Maza