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martes, 21 de agosto de 2012

La masacre de Trelew: “La mejor manera de rendirles homenaje es seguir la revolución”

 "No hay nadie que tenga el derecho de apropiarse de la memoria de un compañero"

Por Ezequiel Alvarez

¿Es posible trasladarse más de 1.300 kilómetros y viajar 40 años al pasado en una hora? Un grabador y un colectivo son los instrumentos que van a permitirnos realizar lo imposible. A medida que el 143 se acerca a la zona de Flores, la mítica foto de una hilera de jóvenes, entregados pero sin quebrarse, en el aeropuerto de Trelew va tomando color, como nunca antes tuvo.  El punto de encuentro: la casa de Vicente. El destino: la masacre de Trelew.

El reloj marcaba las 3.30 de la madrugada del 22 de agosto de 1972. Uno a uno fueron sorpresivamente despertados. Los formaron en una hilera contra la pared y les obligaron mirar el piso. Las ráfagas cobardes de ametralladoras retumbaron, desgarrando su carne, pero haciéndolos inmortales. Esa madrugada, se comenzó a escribir una de las grandes infamias de la historia argentina. El lugar elegido por el destino para teñirlo de sangre y impunidad fue la Base Naval Almirante Zar, donde 16 compañeros militantes de las organizaciones FAR, PRT-ERP y Montoneros fueron fusilados bajo las órdenes del capitán de corbeta Luis Emilio Sosa y del teniente Roberto Bravo. La génesis había comenzado una semana antes, cuando se produjo un masivo intento de fuga de la cárcel de Trelew. Solamente un grupo de seis militantes – Roberto Santucho, Marcos Osatinsky, Fernando Vaca Narvaja, Roberto Quieto, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna- lograron escapar al Chile de Allende en un avión, y 19 fueron apresados y trasladados a la base naval. Solo tres sobrevivieron. Fueron tiempos de la dictadura de Lanusse, y fue el año que Perón abrazó a Balbín.

La voz de un sobreviviente

 Desde el living de su casa Vicente habla pausado, pero seguro de sentir -en lo más profundo de su alma- cada palabra y sensación que le aflora cuando escucha la palabra Trelew. Firmeza dada por tener bien en claro su rol en ese entonces y ahora. Junto a otros abogados comprometidos como Rodolfo Ortega Peña, Mario Hernández, Carlos González Gartland, y Roberto Sinigaglia –entre otros-, conformó el grupo que tenían en sus espaldas la tarea militante de defender a los presos políticos. “Éramos un grupo muy pequeño que luego terminamos siendo muy amigos. Nadie cobraba un solo peso por defender a nuestros compañeros detenidos. Lamentablemente de ese grupo, el único que quedó vivo soy yo. Soy un sobreviviente, y no es un chiste  porque lo que hacíamos nos marcó para el resto de nuestras vidas. A Ortega Peña lo mataron a balazos y muchos de los otros compañeros abogados están desaparecidos, salvo Eduardo Duhalde que falleció el año pasado. Si no me hubiera exiliado, mi destino hubiese sido ser uno más en la lista de las víctimas de la dictadura”, recapacitó Zito Lema.

Como sucede hoy con los detenidos vascos en España, la política represiva de Lanusse contra los presos políticos era feroz: la idea era desarraigarlos y que no tengan ningún tipo de nexo con el exterior, sus familias y sus compañeros. Para ellos, miles de militantes fueron trasladados a cientos de kilómetros de distancia de sus lugares de origen. La mayoría de los detenidos de Buenos Aires, del centro del país y de la Mesopotamia fueron llevados hacia el sur. El Penal de Rawson fue el “depósito” elegido para los que eran considerados más “peligrosos”. Vicente recordó que “ya a principios de siglo XX el destino de los anarquistas capturados era la cárcel de Ushuaia. Sin dudas un lugar extremo de castigo. En 1972 ya no existía esa mítica cárcel de los confines del mundo, la más alejada e inhóspita del país era la de Rawson. He ido muchas veces a visitar a mis amigos y defendidos. Puedo dar fe de que era una cárcel fría y hostil. Está en el medio de desierto patagónico  y las condiciones de vida eran inhumanas. Los presos siempre estaban enfermos. Querían quebrarlos y destruir su moral”.

Durante varios años Zito Lema visitó la cárcel. Quedarse en la zona por más de dos días era algo realmente peligroso, porque estaban aislados de Buenos Aires. Siempre iban en parejas de dos abogados. Esa era la primera medida de protección que tomaban. “Bajábamos en el aeropuerto de Trelew, y de ahí nos trasladábamos a Rawson. Generalmente nos hospedábamos en el hotel Turín. De ahí, alquilábamos un taxi o un remís y  emprendíamos el viaje hacia la cárcel. Íbamos sólitos y cada vez que volvíamos había que prender una vela. Intentábamos buscar una forma distinta de viajar o de transitar la zona, pero ahora que han pasado los años me doy cuenta que eran formas muy pobres de protección, porque si nos querían matar lo podrían haber hecho. Si no sucedió, fue simplemente porque el gobierno de Lanusse tenía que mantener una imagen de respeto por los derechos humanos para el resto del mundo. Matarnos iba a ser una mancha quizás insalvable y preferían tolerar nuestro accionar”, relató Vicente.

Gracias a las colectas, el apoyo de los militantes y de algunos sindicatos, la presencia, defensa y acompañamiento de los compañeros detenidos fue importante. Cada uno de los abogados tenía una lista gigantesca con todos los nombres de los detenidos y durante dos o tres días los visitaban. “Mi relación con los compañeros caídos en Trelew y con los presos fue directa. Muchos de ellos fueron y son mis amigos. Generé un vínculo de amistad con Pedro Bonnet, Roberto Santucho, Enrique Gorriaran Merlo,  Fernando Vaca Narvaja, María Angélica Sabelli, Pujada, Ana María Villarroel de Santucho, Agustín Tosco, entre otros. Nosotros cumplíamos una doble función, éramos sus defensores y también los que les permitíamos no estar  tan aislados. A veces, aparte de preparar su defensa,  fuimos confidentes, y de muchos el nexo con el más allá de los muros”, destacó Zito Lema.

Meses antes de la masacre de Trelew a modo de protesta por el recrudecimiento de la vida de los presos políticos en los penales, este pequeño grupo de abogados inició una huelga de hambre. El lugar elegido para la medida fue la iglesia Cristo Obrero del barrio de porteño de Lugano. “Siempre hay algo que decir sobre el destino. Mi abuela tenía como vecina a una paisana de su pueblo natal. Eran muy amigas y uno de sus hijos había entrado en la Policía. Un día, mi abuela me comenta que su amiga tenía problemas con el alquiler de su casa y los querían desalojar. Recién recibido de abogado, pude arreglar su inconveniente y obviamente no les cobre nada. Pasan los años y de golpe el destino hizo de las suyas. Un día –mientras hacíamos la huelga de hambre- entra un policía y me dice que debíamos salir inmediatamente de ahí porque iba a pasar algo. Ese oficial era el hijo de la vecina de mi abuela. El tipo insistía con que teníamos que irnos inmediatamente por nuestra seguridad. Completamente extrañado, le digo que no nos íbamos a ir porque estábamos haciendo una protesta. Se va, pero a los cinco minutos vuelve desesperado y nos pide a los gritos que nos fuéramos. Se lo comente a mis compañeros, que también se mostraron descreídos. Pero, a veces una corazonada es más fuerte que todo y los convencí para salir de la parroquia. No terminamos de salir, que explotó una bomba. Se desplomó el edifico entero. Salvamos nuestras vidas y tuvimos un éxito, porque a la Iglesia como institución no le gusto mucho que atentaran contra su propiedad. La noticia llegó hasta los principales diarios del país. ¡Que mataran a los revolucionarios estaba bien, pero ojo con tirar abajo un santo edificio!. Este escándalo terminó con el compromiso de que iban a cambiar el sistema y las condiciones de vida de los presos. Fue un triunfo popular que se expresó en un acto donde concurrieron unas 40 mil personas”, rememoró Vicente. Triunfo que fue una de los últimos destellos antes de la oscuridad.

La fuga: un triunfo inesperado

El teléfono sonó. Vicente atendió, del otro lado estaba Mario Hernández. “Vicente, el escrito que presentamos hace 48 horas por la defensa de Vaca Narvaja ya no va a hacer falta,  ¡Se acaba de fugar!”. Ya todo el país conocía la noticia. “Nosotros no sabíamos nada de los preparativos de la fuga -afirmó Zito Lema- ya que nos podían capturar y torturar para sacarnos información. Era un riesgo que el plan saliera de las paredes del penal. Solamente lo supieron aquellos que estaban en el núcleo de la operación. Fue un escándalo hermoso y terrible para la dictadura, la fuga ya era un hecho y su significado era esperanzador. Igual, nos reíamos y bromeábamos, ya que nos habíamos quedado sin clientes porque varios de nuestros compañeros defendidos estaban sanos y salvos en Chile. Fue una alegría, porque cuando cualquier preso se escapa de una cárcel - especialmente si es un preso político-  uno siente que gana parte de la lucha contra el poder. Cobra una transcendencia heroica y un estímulo para los que tienen recelo en la lucha. Los llama a comprometerse más, y demuestra que se le puede ganar hasta a una dictadura. Fue una gigantesca fiesta, fue uno de los días más felices de mi vida. Me encontré con los otros abogados y lo festejamos a lo grande. Creo que habremos tomado como si fuera una fiesta de fin de año”.

De algún modo, la fuga también fracasó, ya que no se pudieron conseguir todos los medios de transporte para que todos los presos llegaran al aeropuerto, y así embarcarse en el avión que había sido tomado por un grupo de militantes. Hubo un problema de organización, donde “el azar se mezcló con los errores humanos”. De todos los compañeros que iban a fugarse, solo seis lo lograron. Otros 19 –trasladados a la base naval- llegaron tarde al aeropuerto. El avión ya había partido. Luego de una negociación donde les prometieron respetar sus vidas, se entregaron. “El panorama era contradictorio. Había felicidad por esos seis que lograron escaparse, pero también había una tristeza por el resto. En el ámbito público, esto no lo expresábamos porque teníamos que resaltar lo positivo. La dictadura hizo hincapié en el fracaso de la operación, pero nosotros sosteníamos que los principales jefes de la revolución se habían ido. Queríamos demostrar que -más allá de las diferencias en fuerza y cantidad- con organización, ética y  moral revolucionaria se podía vencer al poder brutal de una dictadura”, afirmó Zito Lema. 

Pasado el primer día de la fuga, Vicente tuvo una maldita intuición de poeta. La historia siempre invita a desconfiar, y tiene sobrados ejemplos de la impunidad de los dictadores y de los dueños del poder. “Estaba muy preocupado y sentía angustia. Había que estar alertas y esperar lo que sucediera con el resto de los compañeros detenidos. Sentíamos el odio que nos tenía la dictadura, pero no pasaba por nuestras cabezas que iban a hacer una masacre con los presos. Quizás imaginábamos que se iba a recrudecer la represión en general y la vida de los presos políticos dentro de los penales iban a ser un infierno. Pero una transmisión de radio nos dio un golpe de realidad al anunciar sobre el fusilamiento en la base de Trelew. En ese momento, se rompió una regla de juego: que las dictaduras siempre habían sido violentas, pero a pesar de eso siempre habíamos conseguido algunos éxitos”.

El día después

Cuando se produce la masacre de Trelew, los familiares de las victimas tomaron una decisión transendental: velarlos a todos en un mismo lugar. Vicente fue uno de los principales encargados de organizar el funeral. “Luego de pensar como podíamos ayudar, decidimos hablar con Campora -que era el presidente del Partido Justicialista,- a ver si nos podían dar la sede. No era conveniente  hacer el velatorio en cualquier lugar,  ya que era probable que viniera el Ejercito a reprimirnos. Necesitábamos un espacio público, un lugar que tuviera peso y nos sirviera para sostener el acto. Era un momento de gran violencia social. Cuando me reúno en la sede de Av. La Plata, Campora me dice que sólo no podía resolver tamaña decisión y que necesitaba planteárselo al consejo del partido. La respuesta fue negativa, pero pese a eso, Campora  utilizó sus atribuciones para consultarlo –me imagino con Perón- y autorizó que el velatorio se realizara en la sede peronista, haciéndose cargo políticamente por la decisión. De ese modo, llave en mano, me hice cargo de la situación. A las dos horas vino el general Alcides López Aufranc. Nunca me voy a olvidar que este personaje y su perro policía, ya que el animalito me clavo los colmillos en la pierna sin que mediara una palabra. Casi como un símbolo, no se me escapo ni un solo grito ni lagrima, solo me limite a decirle que quitara al perro pese al dolor terrible de ese mordiscón maldito. Fue un presentimiento de que las cosas venían duras, y la negociación fue así. Me intimó a que desalojara el local porque no iba a respetar a una “banda de asesinos”. No pasó ni media hora de  las dos que estipulo como plazo máximo para que lo consultase con los familiares, que la tanqueta y las tropas entraron de prepo y armaron una escena terrible, violenta y desgarradora. Luego la represión continúo en el cementerio de la Chacarita, donde ni siquiera me dejaron terminar de leer un poema en conmemoración de los fusilados, ya que casi me parten la cabeza a garrotazos. Fue algo muy doloroso, la muerte se mezclaba con la angustia de los familiares heridos y el clima era muy tenso. Las dictaduras no respetan ni a los muertos”, afirmó Vicente.

Lo que ocurrió el 22 de agosto tiene el peso de ser el puntapié de una nueva realidad: a las dictaduras no les interesaba mantener más las “formas” y el baño de sangre contra el pueblo era un costo que estaban dispuestos a pagar. “Habíamos conocido la dictadura de Onganía, había pasado el Cordobazo, es decir situaciones duras pero no del espanto y la crueldad que devino luego de la masacre hasta llegar a su mayor punto en 1976-1983. Para mí, la masacre de Trelew fue el inicio del terrorismo de estado. Esto también es la argumentación  que sirve para condenar al capitán Sosa y sus secuaces como genocida. La defensa de estos asesinos es que este hecho no tiene nada que ver con lo que sucede a partir del 76. Si ellos lograran que este argumento fuera considerado válido, no serían encontrados  culpables porque la pena estaría prescrita. Hay que tener en claro que la masacre de Trelew fue el prolegómeno del genocidio del pueblo argentino de la última dictadura militar. Fue un día triste y gris donde cambió la historia. Además lo siento realmente así, estoy convencido porque fui testigo y estoy involucrado directamente. Fue un época que la viví como todo lo que vivo –destacó Zito Lema-, por un lado como defensor de los derechos humanos y por el otro como periodista y escritor. Tengo varios textos y poemas que fueron publicados en esos años, di conferencias, hable en las universidades y recorrí el país denunciando lo que había pasado a partir de la masacre de Trelew”.

A 40 años, una herida que no cierra

Pasaron los años, y fue invitado a  Trelew. Su viaje se dio justo cuando se estaban llevando adelante los juicios a los asesinos que perpetraron la masacre. Consigo llevó los borradores de aquel poema que nunca terminó de leer. A partir de estos borradores, terminó el texto y lo tituló Oración por Trelew. Uno de los motivos principales del viaje fue una conferencia que tenía que dar para grupos de estudiantes en  la Universidad de Trelew. Frente a un auditorio colmado, pudo decir aquello que los palos no le permitieron y recitó completo el poema. “¿Cómo te puedo explicar lo que sentí? Estaba haciendo lo que tenía que hacer. Era justo que este ahí. Siento que la poesía es una forma de luchar contra la muerte y el olvido. Porque si un pueblo no tiene memoria y lanza al olvido a sus luchas y héroes –y con héroes no me refiero a los grandes próceres, sino a los miles de compañeros que han dado su vida por una causa justa- nunca vamos a poder cambiar el mundo. Es necesario continuar la historia, pero parándose en lo que se conquistó. Tenemos que tener memoria histórica, pero por sobre todas las cosas memoria revolucionaria. Lo veo así, y por eso mucho  de mis textos son peleas contra el olvido. No hay nada más espantoso que dejar al costado del  camino a los compañeros  asesinados o desaparecidos. Mientras tenga fuerzas, ellos van a estar sobre mi espalda. Por eso también le escribí un poema a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki y a los 30.000 desaparecidos”, comentó Zito Lema.
 
Desde el gobierno, existe una burda línea política de reivindicar ciertos sectores de la militancia de los 70, pero simplemente es un insulto a la memoria revolucionaria. Fiel a este argumento son ejemplos de las versiones K de Paco Urondo o Rodolfo Walsh, que se limitan a destacar su carácter de “agentes culturales” que eran contestatarios al régimen militar. Pero nada hablan su rol como militantes intachables que no dudaban en tomar las armas ni del tipo de sociedad por la cual dieron la vida. Para la historia oficial K, solo existe una parte de Montoneros. La expresión máxima de pauperización y traición de la memoria y a lucha de los 70 es ver a Nilda Garré como Ministra de Seguridad, entre otros tantos militantes devenidos en funcionarios del gobierno Nac & Pop.  Para Vicente “hay una lucha política y cada uno va a intentar acopiar para si. Eso esta mal, porque los compañeros muertos son de todos. No hay nadie que tenga el derecho de apropiarse de la memoria de un compañero. Si es así, es como no tener en claro por quién peleaban los compañeros. Cuando alguien quiere hacer una revolución, uno tiene que tener la idea mínimamente de cambiar el país donde vive. Por eso hay que tener grandeza de espíritu, ningún sector tienen que ser los únicos herederos de una historia que nos pertenece como pueblo. Si no se tiene claro eso, se esta haciendo un mal servicio a la memoria histórica. A mis compañeros los recuerdo en su totalidad, militaran en la organización que fuere. Son compañeros del pueblo y de la revolución, pero más todavía de aquellos que hoy siguen luchando por los ideales que defendían. La mejor manera de rendirles homenaje es seguir la revolución”.


COMPAÑEROS CAIDOS EN TRELEW

    Alejandro Ulla (PRT-ERP)
    Alfredo Kohon (FAR)
    Ana María Villarreal de Santucho (PRT-ERP)
    Carlos Alberto del Rey (PRT-ERP)
    Carlos Astudillo (FAR)
    Clarisa Lea Place (PRT-ERP)
    Eduardo Capello (PRT-ERP)
    Humberto Suárez (PRT-ERP)
    Humberto Toschi (PRT-ERP)
    José Ricardo Mena (PRT-ERP)
    María Angélica Sabelli (Montoneros)
    Mariano Pujadas (Montoneros)
    Mario Emilio Delfino (PRT-ERP)
    Miguel Ángel Polti (PRT-ERP)
    Pedro Bonet (PRT-ERP)
    Susana Lesgart (Montoneros)

HERIDOS QUE LOGRARON SOBREVIVIR

    Alberto Miguel Camps (FAR - Desaparecido luego en 1977)
    María Antonia Berger (FAR - Desaparecida en 1979)
    Ricardo René Haidar (Montoneros - Desaparecido en 1982)

La nota ha sido publicada en la Revista La Maza

martes, 13 de diciembre de 2011

Entrevista a Yusseff Mohammad al-Arjentiny: Una ráfaga de verdad.

 
Yusseff es combatiente de las milicias de Misrata, principal foco insurgente conformado por obreros y jóvenes que lucharon contra Gadafi. Ahora la disputa es por no entregar las armas al organismo traidor del CNT y a los imperialistas de la OTAN. 


Por Ezequiel Alvarez 

Sus palabras sangran esperanza. Emmanuel Piaggesi ya no es el mismo joven de 23 años que partió de su Neuquén adoptivo para saciar el don más preciado de un revolucionario: sufrir y luchar por la libertad de la clase trabajadora. El norte de África lo acogió como su hijo, Libia fue su hogar y hasta sus compañeros de arma lo rebautizaron en nombre, sufrimiento y alegría. Hoy, este joven combatiente representa la verdad que recorre las arenas y todas las ciudades libias: la de un pueblo oprimido que ha ejecutado a su dictador en la lucha por romper sus cadenas con Occidente y con los traidores de siempre.

La Maza: Yusseff, ¿Qué hacías en Argentina antes de irte a del país?
Yusseff Mohammad al-Arjentiny: Era maestro de enseñanza práctica en una escuela pública de Neuquén. Participé de la manifestación donde el aparato opresor del Estado asesina al compañero Carlos Fuentealba. Tuve la oportunidad y desgracia de presenciar ese hecho. Después el pueblo rodeó la Casa de Gobierno en repudio al asesinato, ahí fue donde me agarró y golpeó la para-policía de la Asociación de Trabajadores de la Educación del Neuquén. Estuve “fichado” y perseguido durante mucho tiempo. Ese suceso fue algo que me marcó, el movimiento que se había creado en Neuquén tenía la oportunidad de derrocar al criminal de Sobisch, y en cambio todas las direcciones burócratas y burguesas traicionan esa lucha,  traduciendo esa sangre derramada en un aumento de 400 pesos.

LM: ¿Cómo llegaste a Libia?
YMA: Había estado un tiempo en Palestina y luego me fui a Egipto. Mi idea era volver a Palestina, pero me encuentro con el proceso que terminó con la renuncia de Hosni Mubarak, que inmediatamente contagia a Libia y explota en Bengazhi. En ese momento me intereso por la causa libia y cruzo la frontera. Esto fue aproximadamente en marzo del 2011. No conocía a nadie, apenas piso suelo libio me propongo como objetivo tratar de saltar el muro mediático e informar todo lo que sucediera a los contactos que tenía en Argentina. En los centros de información, trabajando con la prensa, comienza mi relación con la Revolución Libia.  

LM: ¿Cómo te vinculas a la resistencia?
YMA: Un día salimos con un grupo de periodistas a cubrir un enfrentamiento en Ajdabiya. A partir de ese momento me di cuenta que mi deber era colaborar en un plano militar y que mi tarea como colaborador de la prensa tenía que ser secundaria. Aún como “periodista”, continúo avanzando con los milicianos en el terreno hasta que el resto de la prensa decide volver y me quedo solo con los milicianos. Esa tarde-noche tomamos la ciudad. No se veía mucho porque era una noche sin luna y las condiciones no eran buenas. Como manejo el árabe, comenzaron a pedirme ayuda y empecé a ayudar sumándome a las actividades. Muchos de los milicianos salían al combate con cuchillos y palos, la única forma que teníamos de hacernos con un arma de fuego era quitándoselas al Ejército. Esa fue una de mis primeras tareas, ya que las tropas regulares se habían retirado, dejando atrás todo el material de guerra. Para ese entonces, ya era el argentino que acompañaba a las milicias.

Los “mercenarios” de la OTAN

LM: ¿Recibiste algún tipo de entrenamiento para el combate en Libia?    
YMA: No, fue todo muy rudimentario. Aprendíamos a medida que los combates se sucedían, salvo los soldados de base que se pasaron para las filas de la milicia. Pero su instrucción también era bastante pobre, porque convengamos que las únicas que estaban muy bien entrenadas y armadas eran las brigadas de los hijos del dictador. Estos grupos - llamados Katibah- eran paramilitares encubiertos que se encargaban de la defensa de la familia de Gadafi y eran los que más resistencia oponían en los combates.

LM: ¿Quiénes componen las milicias?
YMA: Mis compañeros de armas eran obreros. Había trabajadores de la industria de los barcos, metalúrgicos, mecánicos, cafeteros, camioneros, taxistas, petroleros, etc. Estábamos organizados de una manera muy simple: el que te dirigía constantemente en el campo de batalla era alguien que veías que no ibas a poder seguir, porque era el primero en cargarse las municiones y la ametralladora para arremeter contra el enemigo. Se ganaba el respeto de todos nosotros porque hacia las cosas que la mayoría no podía hacer. Durante la primera parte del combate de Misrata, nos dirigió un compañero que era bastante táctico, siempre estaba a la par nuestro y nunca llevaba un ametralladora –porque decía que no la necesitaba-, pero si una granada, ya que antes de dejarse atrapar se iba a inmolar. En la segunda etapa del combate, nos comandó un “tachero”. Esas eran las personas que a las que respetábamos, personas emergidas del pueblo. En la parte operativa, habíamos tomado ciertas medidas como exigir tarjetas de identificación -confeccionadas por nosotros- para todo aquel que portara armas para evitar el robo de armamento. También, a aquel que se lo encontraba culpable de traición, se lo mataba luego de un breve tribunal miliciano. No había muchas oportunidades para equivocarse. Ni mucho menos para tener el coraje de levantar la voz, si ese mismo coraje no lo si habías demostrado en el campo de batalla.

LM: ¿Cómo funcionaba la vida civil del país durante esos meses de intenso combate? ¿Quién se encargaba de la atención médica y la comida?
YMA: Lo que convence aún más de la lucha y me da fuerza para seguir adelante, es que se generó una especie de sociedad anárquica. Nadie mandaba y todos sabían qué hacer. Había un grado de solidaridad y fraternidad total, todo estaba al servicio del pueblo. Como las milicias eran el pueblo, las empresas expropiadas por los trabajadores producían petróleo y nafta para las camionetas que habíamos expropiado y acondicionado para el combate. Los alimentos se distribuían igualitariamente por voluntarios o milicianos a todo el pueblo. Durante un tiempo me desempeñe en esa actividad. El pan se regalaba, el agua se regalaba, en fin, todo era producido por el pueblo así que debía ser del pueblo. Nunca nos llegó nada del programa de las Naciones Unidas. Casi siempre comíamos una especie de tuco aguachento con algunos porotos y un pedazo de pan. Salvo cuando hacíamos algún atraco en los barrios del ejercito y expropiábamos la mercadería, que la repartíamos entre el pueblo.

El bufón y su séquito

LM: ¿Cuál era la imagen que se tenía de Gadafi antes de estallar la revolución? 
YMA: Muchas personas mayores -que habían vivido el ascenso al poder de Gadafi- revindicaban sus principios. Aún añoraban esa imagen de líder popular que afirmaba que el poder iba a estar en manos del pueblo y que atacaba abiertamente al imperialismo. En cambio, la gente más joven – que nació, se crío y vivió con lo más nefasto y represivo del gadafismo – opinaba todo lo contrario. Estas nuevas generaciones han vivido una serie de sucesos que los marcan a fuego, como cuando cuelgan a varios opositores al régimen en una mezquita y el proceso de la guerra de Irán y Afganistán, donde el dictador claramente se pone del lado de Bush. Entonces ellos se preguntaban “¿No es Gadafi el que nos dice desde hace 40 años que no debíamos aprender ingles por que el imperio habla ingles y ahora se pone de su lado?”. Había un discurso muy fuerte contra el imperialismo, y eso se ve tanto en las personas más adultas como en los jóvenes, que no lo apoyaban por haber hecho lo mismo que “combatió” en sus inicios. Otro de los hechos que marcó al pueblo fue la desaparición de los 1200 presos que participaron en un motín en 1996, que recientemente aparecieron en fosas comunes. Se vivían situaciones tensas hasta por detalles o bromas. Un día le hicieron un chiste Saadi Gadafi, quien jugó en los equipos del cual su padre era accionista. Un grupo de vecinos - de un barrio muy pobre-  le pusieron la camiseta de Saadi a un burro y lo largaron a la calle. Varios soldados, al ver semejante burla,  acribillaron al animal. Había odio contra Gadafi, porque las generaciones oprimidas ni siquiera podían “escapar” mediante la cultura o el esparcimiento. Las únicas actividades que se podían hacer era jugar al fútbol o salir a caminar. 

LM: Actualmente existen corrientes políticas que se desprenden del progresismo estalinista, del Foro Social Mundial, del castrismo y chavismo, que consideraban a Gadafi como el patriota nacionalista que levantó el nivel de vida del pueblo libio y que esta es una insurrección basada en la ayuda de la OTAN para apoderarse el petróleo. ¿Cuales son las banderas de pelea de las milicias?
YMA: Para comprender los motivos hay que analizar el comienzo de esta insurrección. Los principales motores del pueblo libio fueron las necesidades básicas de comer y vivir. Si bien explota por otros motivos, el malestar era muy generalizado y profundo dentro de la clase trabajadora libia. Por darte un ejemplo, hasta se les complicaba  casarse ya que -según la costumbre musulmana- para hacerlo es necesario tener dinero para ofrendar una especie de “dote”. Había una gran parte de la población que hasta de ese simple derecho estaba privada, incluso muchos morían vírgenes a los 50 o 60 años. Esto es un dato casi anecdótico comparado con la situación de hambre que sufre gran parte de la población. En un país donde haces un pozo con una pala y brota petróleo, tenés barrios desastrosos y la gente viviendo en una miseria extrema. Libia tiene una población aproximada de  seis millones de habitantes y en su mayoría están concentrados en las metrópolis. En cada una de las grandes ciudades son infinitas las necesidades que uno puede observar en infraestructura. Viven entre cloacas rebalsadas y calles sin asfaltar, imagen fácil de asemejar con una villa miseria.

LM: ¿Como vivían las personas que trabajaban o tenían una relación estrecha con el régimen?
YMA: Vivían como privilegiados. Llegaron a crear una grupo que se llamaba Al-lejan Thawryia, maquillado como “grupo revolucionario” por el dictador. Cualquiera que era miembro de este grupo -es decir que tenía que hacer tareas de inteligencia, raptar y cualquier cosa necesaria para instaurar el terrorismo de estado- sería recompensado con bienes materiales. Algo muy evidente cuando ingresábamos a las casas de alguna de estas ratas. Eran grupos de adinerados, leales a Gadafi y traidores al pueblo libio. En Misrata, a todos los que tenían una credencial de Al-lejan Thawryia se los mató. Este accionar, junto con el honor de que en nunca cayó una sola bomba de la OTAN en la ciudad, hizo popular a las milicias de Misrata y nadie nos pudo arrebatar nuestro legitimo triunfo, como si ocurrió en Bengazhi. Nosotros, el pueblo de Misrata, echamos a las más de nueve brigadas que mandó el dictador para aplastarnos. Recuerdo que apenas llegue a la ciudad, un hombre de 50 años me invitó a ver su ametralladora, prometiéndome que era la mejor que iba a poder ver. Al entrar a la humilde vivienda, extendió las manos y me enseño una barreta. Me quede asombrado. El hombre se trepaba a los tanques del Ejército con un bidón de nafta y la barreta, forzaba la escotilla y los prendía fuego con los soldados dentro. Luego, cuando ya la lucha estaba avanzada, logramos sacarle al Ejército misiles RPG, con los que lográbamos quebrarles las orugas a los tanques. A todo aquel que se ensucia la boca hablando e insulta a mis compañeros y a la sangre de los caídos diciendo que somos tropas terrestres de la OTAN, les digo que todas las armas que usamos eran viejas y de fabricación rusa. Las mismas que le habían dado la Unión Soviética al gobierno de Gadafi. No recibimos plata, armas ni chalecos por parte de nadie. No se entiende cómo puede haber estúpidos que vean en un diario la imagen de un miliciano con una vieja AK-47 y se digan “a estos los armó el imperialismo”.

LM: ¿Qué opinaban los milicianos del supuesto acuerdo táctico que había con la OTAN?
YMA: Sobre ese supuesto acuerdo se habló mucho más fuera de Libia que dentro. Lo que pudieron ver y tantear los milicianos fue el primer ataque a la ciudad de Bengazhi contra el Ejercito. En este punto quiero detenerme, porque hay que tener en cuenta que el ataque de la OTAN se produjo cuando ya las milicias habían repelido a las tropas de Gadafi. Luego la OTAN se carga injustamente al hombro el triunfo que les correspondía a los milicianos y ensucian la imagen de la Revolución Libia. Fueron las milicias las que en el puente del barrio de Al-Thawra habían frenado al Ejército. No fueron los aviones, ni Sarkozy, fue el pueblo. En el campo de batalla jamás se vio un ataque de la OTAN. No teníamos comunicaciones en común, no las queríamos tener, y si nos llegaban rumores los desatacábamos. Es más, existió lo que mal denominan “fuego amigo” por parte de los aviones de occidente.  Varios grupos de convoys milicianos que trasgredieron las “líneas rojas” que limitaban el terreno de combate, fueron bombardeados. Recién empezada la revolución, habíamos logrado –con la ayuda de alguno de los compañeros que eran mecánicos- poner en perfecto estado a más de 40 tanques cargados a tope de municiones y misiles. Esa ofensiva iba a ser decisiva y acortaría los plazos de la caída del gobierno, dando un triunfo aplastante sobre las fuerzas del régimen. El plan era entrar a Brega, controlar la ciudad para luego ir en apoyo a Misrata, tomar Sirte y luego entrar en masa a Trípoli. Ante la inminente victoria -por parte de estas milicias con un alto grado de anarquismo- la OTAN bombardeó los tanques criminalmente con los milicianos dentro. Fue impresionante, primero sentimos los aviones, luego la explosión y después la onda expansiva de calor de las detonaciones. El “fuego amigo” no existe cuando los misiles y bombas que tiran estas ratas imperialistas tienen un margen de error de metros. Detonaron una formación de decenas de tanques con banderas de las milicias, muy fáciles de divisar desde las imágenes de satélites o desde el aire. Esa masacre fue registrada por varios medios burgueses mundiales que estaban presentes, pero pactaron no hacer público lo sucedido.

LM: ¿Cuál era la relación con el gobierno del Consejo Nacional de Transición (CNT)?
YMA: Desde un primer momento al CNT no se lo vio como algo fuerte y con buenos ojos. No era una autoridad dentro de las milicias, ni en Misrata  y menos en Bengazhi, donde los combates fueron en el desierto y era una total anarquía. Nunca  vino un representante oficial del gobierno a decirnos “hagan esto o lo otro”. Nos llegaban mensajes que nos querían imponer -por parte de la OTAN y el CNT-  límites de combate en el terreno, que eran desacatados todo el tiempo. Aparte, el CNT no es respetado porque esta conformado por ex gadafistas. Uno de estos que se pasaron de bando fue Abdel Fatah Yunes,  -Ministro del Interior gadafista- que fue ajusticiado por su pasado y porque, cumpliendo funciones para el gobierno de transición, no dejaba avanzar a las milicias en Brega, Bengazhi. Ese personaje también sostenía que había que tener una comunicación fluida con la OTAN y acatar sus órdenes. Mientras este traidor decía eso,  las milicias avanzaban –sufriendo incontables pérdidas- y demostraban que por si mismas estaban derrocando a la dictadura. Claramente su ajusticiamiento fue un ejemplo, y a partir de ese momento noto que nuestros enemigos comienzan a tapar el verdadero accionar miliciano. Algunos integrantes del CNT quisieron tener actitudes demagógicas para ganarse al pueblo. El perro de Mustafá Abdeljalil, que fue Ministro de Justicia de Gadafi y ahora es el Presidente del gobierno de transición, se ganó un sector religioso cuando dejó “plantado” –según el dicho popular- a la basura de Sarkozy por irse a rezar. Ese sector lo apoya por algo que nunca se va a saber si realmente hizo. Pero en definitiva hay una mayoría popular que no se identifica con el, ni con Khalifa Haftar, que estuvo 20 años viviendo en Estados Unidos y ahora quiere venir dar ordenes a los libios.

LM: ¿Había sectores populares organizados,  más allá de las fuerzas armadas de elite,  que defendieran a Gadafi? Porque otra de las ideas instaladas es que en Trípoli hubo una resistencia popular en defensa de su régimen.
YMA: No. Primero, si hubiera sido así, era imposible diferenciar a supuestos sectores populares gadafistas organizados del Ejército regular, ya que todos vestían iguales y tenían los mismos tipos de armamentos. Había un grupo de Muwtattawein – es decir voluntarios -, que fueron los primeros que se rindieron sin tirar un solo tiro y salían a la calle a decirnos que nos apoyaban. Nosotros marchamos desde un pueblo en las afueras de Misrata hacia Trípoli. Cuando llegamos a la capital, no recibimos tiros sino muestras de simpatía de la población civil. Las personas nos recibieron con los brazos abiertos, nos consideraban una milicia de liberación.

La dignidad de un pueblo.

LM: Ya caído Gadafi, ¿Que empezaron a debatir la clase trabajadora y los sectores más radicalizados?
YMA: Se afianzó la idea de que las armas no las vamos a entregar de ninguna manera. Se sangró mucho para conseguir un rifle. Entonces, el arma no significa solamente una herramienta de poder y un símbolo de lucha, sino que esta sostenido con la vida de los mártires. El nivel de armamento distribuido en el pueblo es masivo. Esa es nuestra democracia, y desde los inicios era algo que no se iba a negociar, al igual que la certeza de que si las milicias capturaban a Gadafi nadie lo iba a entregar al CNT ni a ningún país extranjero. Las únicas manos que podían hacer justicia ejecutándolo eran las del pueblo. Los compañeros que lo capturaron y lo ajusticiaron son considerados popularmente como héroes. Cuando se conoció la noticia, hubo manifestaciones de alegría por las calles. El que se lamenta de que no lo pudieron juzgar, es simplemente un traidor. Cuando vi las imágenes del momento de su captura sentí orgullo.

LM: ¿Ese era el final para Gadafi que querían el CNT y la ONU?
YMA: Definitivamente no era el que sucedió. Nos querían imponer que si capturábamos a algún defensor de régimen -por más bajo que sea su rango-, lo entregáramos a unos puntos u oficinas que ellos iban emplazar. Jamás lo hicimos. Al que no encontrábamos culpable lo dejábamos libre y el que era culpable lo ajusticiábamos. Generalmente tratábamos de no matar, salvo en el campo de batalla. Hoy en día en Libia hay una persecución por parte de la burguesía contra los compañeros que ajusticiaron a Gadafi. Existe una encarnizada campaña de desprestigio contra los autores materiales, que utilizan para tapar una gran verdad: por más que una sola persona haya sido la que apretó el gatillo, fue el pueblo el que aprobó ese final. Por suerte hay un desacato total por parte de las masas en Misrata hacia el CNT, y va a continuar de esa manera. El CNT prevé conflictos con el pueblo y ha empezado a crear grupos de “guardias civiles”, es decir su propio aparato represivo. Hay asesores extranjeros de la OTAN que están ligados al CNT con el objetivo de controlar a las milicias. De hecho, al inicio del conflicto los milicianos capturaron a cuatro asesores franceses y mataron a dos de ellos. El imperialismo –junto con sus colaboradores- utilizara cualquier táctica para desarmar al pueblo. Es nuestro deber, así como el de una verdadera izquierda revolucionaria, apoyar a las milicias. No solo en Libia, sino en cualquier lugar del mundo donde un pueblo se alce contra su clase opresora y emprenda el camino hacia su verdadera libertad.


Una clase, una lucha

LM: ¿Cómo se expresa el pueblo libio frente a la causa palestina?
YMA: Hay un grado de solidaridad impresionante, no solo con los palestinos sino con todo el mundo árabe y musulmán. Ellos -por una cuestión religiosa- se lavan mucho las manos y me decían que no abra mucho la canilla porque hay hermanos en África que no tienen agua. Poseen una conciencia que los identifica con la lucha de los pueblos oprimidos. De hecho, había palestinos en las filas milicianas. Así como también egipcios, bosnios, macedonios –pero estos últimos vivían en el país previo al estallido revolucionario-.En relación a la lucha palestina, los libios no hablan de que es un enfrentamiento contra los judíos, sino que es contra los sionistas. No rebajan el conflicto a un aspecto religioso y son muy tolerantes, más allá de alguna discusión normal, pero que no trasciende al aspecto económico, social ni militar para comprender la lucha de liberación palestina. Gadafi tenía una comunicación fluida con los servicios de inteligencia sionistas. La imagen popular sobre el ex dictador era de soporte, “buchón” y gendarme de Israel. Hay algo que lo vi con mis propios ojos, cuando entrábamos a los bunkers de los gadafistas encontrábamos armas israelíes. Armas que estaban completamente prohibidas para la venta civil y calibres que no son comerciales.

LM: ¿Cómo ves los otros procesos revolucionarios que se están llevando adelante en el Magreb?
YMA: En Egipto y en Túnez, las masas no llegaron a tomar las armas al Estado porque hubo maniobras que las engañaron. Un hecho fundamental –como lo sucedido en Egipto- fue que el Ejército se “pasó” del lado del pueblo. La población confió en que se había ganado el apoyo de las fuerzas armadas, que los iban a defender, ya que estaban instruidos militarmente. Por ende, no iban a tener la necesidad de armarse. Ese mismo Ejército era el que custodiaba a Mubarak, líder de un régimen que propagó miseria y hambre extrema en cada rincón del país. Todas estas luchas en el Magreb y el norte de África tienen un denominador en común, el pan no alcanza.



La nota fue publicada en la Revista La Maza